Desde tiempos remotos venimos, como esta especie que somos, aullando en solitario o en manada por la noche de la nostalgia, venimos curioseando en las paredes de la caverna el color y las formas para ver casual o intencionalmente al genio de la creación aparecer cual mago en la escena de la que hablamos. No es breve lo que va desde estas primeras propuestas estéticas o instintos a las que desarrollan los estudiosos sobre la cuestión de hablar y escribir y el no menor tema de sus consecuencias. Innumerables autores se han esmerado en tesis doctorales o manifiestos que se adentran en cada uno de los roles o funciones que tiene la palabra en el contexto de la comunicación, en específico su vertiente de arte que es lo que me convoca. Se han llenado páginas, se han colmado bibliotecas, se han unido y desarmado generaciones buscando criterios comunes o alejándose naturalmente unas de otras y como siempre sucede en estos casos volvemos a quedar como al inicio llenos de dudas y preguntas, sólo con la certeza de que la palabra es un don colectivo y un instrumento de nuestra interioridad. La palabra un espacio diverso, combinado y creativo, ahí el valor de su riqueza. “La forma envejece el hábito” y las pasiones suelen atenuarse cuando el motivo que las creó desaparece con el paso del tiempo o por su propia redención, pero al igual que las estaciones de la naturaleza todo vuelve a la rueca dejando en sus giros los frutos de la cosecha. Se han abierto y cerrado cárceles, derribado imperios, hemos tenido que reconstruir ciudades, sujetos verbos y predicados mientras el aullido sigue extendiéndose con voz dolorida, alegre o serena en el silencio de su ausencia. En nuestro tiempo la caverna se llena de nuevos códigos y nuevos lenguajes que algunos llaman lenguaje de la desmaterialización, nuestro cielo es atravesado por aviones a la velocidad del sonido y más, nos hemos superado a nosotros mismos mientras el universo cuelga sus sábanas en un cielo de luna encorvada, allí resuena esta caverna repleta de multitudes que danzan al compás de su propia música y a momentos donde nadie se quiere escuchar. El autor especula en la caverna, el autor es su palabra y de algún modo por medio de ella todo lo que ve o intuye. Hablar, pensar, escribir, callar son momentos en que el genio se pasea por el autor haciéndose cómplice o ignorándolo. El autor en un viaje solitario construye su voz, su espada, su nave, sus alas, amores, derrotas, olvidos, arrojo. Todas partes de quienes le darán la condición para hacer real el más posible o imposible de los oficios, el de las artes, el de la poesía.